PROGRAMACIÓN

PRÓXIMA FUNCIÓN

SÁBADOS 10 y 17 DE NOVIEMBRE

20:30 HORAS

10 EUROS (CON CONSUMICIÓN)

 

 

Texto original: DAVID CAIÑA

Actor: GORKA MÍNGUEZ


Dirección: DAVID CAIÑA & GORKA MÍNGUEZ

 

 

 

 

 
 

"El Chef"es una masterclass de cocina en la que los sabores, los aromas y las texturas se mezclan con la frustración, los recuerdos y las expectativas que nunca se cumplieron. A medio camino entre la gastronomía y la comedia, El Chef compartirá con nosotros sus trucos  y  sus   decepciones, sus técnicas y sus ilusiones, estimulando a la vez nuestro gusto, nuestro olfato y nuestro sentido del drama; haciendo bueno aquel dicho de que el que vale, vale y el que no vale, enseña. Y es que la vida, como la cocina, puede ser amarga, pero siempre podemos buscarle un puntito más dulce.

 

 

¿Por qué hago esto?

 


Esta no es una pregunta para introducir el texto del que vamos a hablar.

 


Esta es la pregunta que me hago todas las mañanas en cuanto me pongo delante del ordenador. Y es que, la escritura, como toda profesión que requiere de estar obsesionado con ella, es en gran parte sufrimiento. Dedicación. Renunciar a cosas para dedicar tu tiempo a pensar, escribir, borrar, volver a escribir, alegrarte, deprimirte y escribir otra vez.

 


Lo que le pasa a mi chef es similar a lo que me pasa a mí mismo. Cuando dedicas tu tiempo casi únicamente a tu trabajo depositas en él tus esperanzas. Tu crecimiento. A veces, incluso tu felicidad. Pero, ¿qué pasa cuando no consigues lo que te proponías? ¿Qué pasa si hay alguien que es mejor que tú y que, a la hora de comparar tu trabajo con el suyo, siempre sales perdiendo? ¿Qué pasa si no lo hay, pero has dedicado tanto tiempo a ser mejor que, una vez acabado el trabajo, no tienes nada más?

 


Esto es lo que pasa. Que te levantas cada mañana preguntándote: “¿Por qué hago esto?”. Y muchos días encuentras una respuesta. Pero hay muchos otros que no. Y a veces, es difícil soportar esos días sin caer en una profunda frustración.

 


Así que, si aplicamos la pregunta a este texto en concreto, la respuesta me sale de manera sencilla: Hago esto para intentar explicar tanto a los demás como a mí mismo que he tomado la decisión correcta. O no.

 


David Caiña

 

 

 CRÍTICAS


“No existe gratificación alguna para los sentimientos frustrados”.

Philip Pullman

por Coral Igualador para REVISTA TARÁNTULA

29 septiembre Teatros del Canal. Madrid.

Joan Miró decía que: un cocinero se convierte en artista cuando tiene cosas que decir a través de sus platos, como un pintor en un cuadro.

 Así hace Gorka Mínguez  con el monólogo escrito por David Caiña; poner palabras a un arroz marinero, o a un cabracho, y emular la vida a través del jamón con melón.

La masterclass de un cocinero, ahora Chef privado, que repasa durante una hora su vida, dedicada en cuerpo, alma y constancia a este arte puesto tan de moda por diversos programas de televisión.

Gorka interpreta con acierto a Fidel Mendieta, un cocinero obsesionado por ser el mejor pero a sabiendas de que no lo es. Él es el otro, el que no es mediático, ni ha conseguido estrellas Michelín, ni sale en portadas, ni se habla de él en los círculos mas prestigiosos de la alta cocina.

Pero él ama por encima del resto de su vida al crepitar de la cebolla en la sartén o el aroma de un buen aceite. Y en ello se le va el vivir el resto de sensaciones y sueños. Un hombre que se desenvuelve entre el fracaso por comparación, la obsesión por un buen arroz, la defensa de lo esencial frente a zarandajas modernas en lo básico que es esto del comer, y el deseo de estar acompañado. Un hombre solo, solo con su cocina que nos plantea alguna que otra pregunta sobre nuestras vidas.

Por supuesto a los que asistimos a esta clase nos convierte en  sus confidentes, escapándose la verdad entre aroma y aroma, porque Fidel necesita soltar las lagrimas del día a día cortando cebolla. Y nos  entran ganas de darle una palmada en la espalda y quererle, quererle mucho o de darle un pescozón para que espabile y se atreva con otras cosas que no sea el punto del arroz.

Gorka brilla en este personaje de Fidel Mendieta. Él es la función. Nos arrastra a la empatía con su personaje. Su enfado con la incomprensión te puede hacer sonreír, y su lamento de soledad te conmueve a partes iguales. Ante todo, es un monólogo de actor, con una sencillez elegante de escenografía y de puesta en escena.  Un monologó sencillo, sin alginatos ni esferificaciones, al que da vida un gran actor.

Por el momento, una sola función en los teatros de Canal, dentro de la programación de Escenario Clece, en este caso dando cabida a compañías vascas, siendo esta función la única representante.

El Chef recorre Euskadi pero seguro que pronto volverá a deleitarnos con el sonido, el aroma y precisión de su cocina por los escenarios madrileños.

 

CRÍTICA TEATRAL “EL CHEF”
TEATROS DEL CANAL
29 DE SEPTIEMBRE DE 2018

 

 

Regreso a los páramos de la crítica teatral, donde me he movido con gran deleite y cierta asiduidad a lo largo de este año, para escudriñar a través de los fogones, humos, olores deliciosos y vapores culinarios, lo que acaece en un escenario penumbroso donde rutila (reluce) con luz propia un único actor, Gorka Mínguez, enfundado en esta ocasión en la piel de Fidel Mendieta, un carismático chef aquejado de profundas turbaciones emocionales, sueños frustrados y ego desdibujado, removido por emociones dispares.

 

Solitario sobre el escenario como el único superviviente de un clan de cocineros extinguido, atormentado por las decepciones y las expectativas descarriladas, Gorka se lanza a los abismos insondables de los soliloquios (monólogos), desnudo ante el peligro, ante un público rendido a un silencio sepulcral, todo ojos, oídos, olfato, sentidos…

 

Los monólogos tienen en mi opinión un cierto matiz escalofriante donde no existen amparos, cobijos ni almohadillas que amortigüen la caída en caso de desliz ocasional. Nada en derredor, nadie que acuda en tu socorro para compartir la carga de adrenalina, nervios y emoción inherentes a los minutos posteriores del izado del telón.

 

La función “El Chef” podría catalogarse en dos secciones bien diferenciadas. Por un lado está el argumento en sí: sobre el escenario una masterclass gastronómica con buenas dosis de comedia y mucha oratoria que circunvala en todo momento sobre aspectos culinarios. Una historia anodina en realidad, sencilla y sin grandes aspiraciones. Por sí misma, la trama no parece aunar los ingredientes necesarios como para congregar enormes multitudes fascinadas en el patio de butacas. En un principio, la trama no logra hechizarme.

 

Pero luego avanzamos hacia la segunda mitad de mi disertación: la más relevante en realidad; aquella por la que merece la pena decorar con elogios mi crónica y si fuera posible, dotarla de alas para que el nombre de Gorka Mínguez no quede varado en los escasos metros cuadrados de un escenario convertido en cocina.

 

El actor, un verdadero ilusionista de la palabra, se mueve con soltura en los recursos sofísticos o de la oratoria. Es poseedor de una enorme capacidad para epatar o asombrar al más pintado con dotes de gran carisma y empatía. Pese a breves y discontinuos tropezones con el texto, Gorka sigue adelante sin inmutarse ni perder el equilibrio sobre un alambre demasiado fino. Como un gran seductor, se mete al público en el bolsillo preparando recetas que emborrachan nuestras papilas olfativas, mientras su verborrea (locuacidad) desenfadada, cercana, afable, da un paso adelante conquistando al espectador más reacio y granítico (duro, severo).

 

La interpretación de Gorka Mínguez, ubicada en una escalera piramidal, es de esas que por derecho y justicia debes ubicar en los escalafones más altos, o sea, aquellos donde relumbran los actores más versátiles, domadores de las emociones, contorsionistas emocionales que tan pronto interpretan el alborozo como la nostalgia más sombría. Camaleónico, raudo como el rayo, la gestualidad, el dolor, la tristeza, la euforia y el intimismo recorren el alma y el cuerpo del célebre chef en una espiral frenética de recuerdos y vivencias personales que suelen desembocar en un pozo de frustración difícil de aquilatar (medir, ponderar). Es en esos momentos cuado el escenario queda sumido en un silencio apocalíptico y estoy pensando seriamente si levantarme de mi butaca para abrazar y consolar al desdichado cocinero.

 

Me parece soberbia la capacidad brutal de Gorka para virar en milisegundos desde los páramos de la ufanía (jactancia, resolución) al lamento y la tristeza plañidera de quien observa su pasado como un trampolín a los infiernos.

 

Son magníficas las pausas que Gorka realiza en su alocución, esos momentos íntimos de introspección, o sea, analizar los colores y sabores que anidan en el alma. Conmovedor, sin duda.

Se le desgarra a uno el alma observando las heridas abiertas del alma cuando el referente de su desdicha más veraz se halla en las remembranzas con su hija, a quien desea convertir en suspiro permanente por las gestas pergeñadas (realizadas) por su padre. El chef necesita un abrazo y un terapeuta, un hombro sobre el que llorar y por su puesto, una ovación magistral, pues es de justicia reverenciar a los actores que en una misma función nos arrastran por los planos emocionales de la risa y la empatía, la tristeza y la alegría, la conmiseración y la apreciación más absoluta.

 

ORLANDO TÜNNERMANN

 

ARTEKA
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